Si bien sabemos que el
rock, en su constante movimiento de transgresión, intenta mover los preceptos establecidos, a veces necesita ir en nuevas direcciones para
oxigenarse y exponer alguna clase de novedad. Por eso, si nos adentramos en las
discografías de
Dread Zeppelin,
Beatallica o el mismísimo
Lalo Ranni podemos reconocer en ellos a hidalgos exponentes de una de las ideas
paradójicamente más originales que ha dado el vasto -y basto- universo de la música: el doble tributo.
Estas bandas y solistas han sabido desarrollar una carrera combinando dos expresiones, grupos o estilos en un solo producto, un único resultado, un híbrido que tiene en la irrupción en pleno siglo
XVIII de
The Beat Ovens [un cuarteto alemán que
versionaba temas del gran
compositor Ludwig van
Beethoven sobre la base de
rockabilly, género que a esa fecha aún no se había inventado] el puntapié inicial de esta prolífica y a la vez curiosa disciplina musical.
Si bien en el ámbito local los ejemplos del ya mencionado Lalo Ranni y el de Los Ratones Paranoicos [quienes hacen lo propio amalgamando a Los Rolling Stones con Pomelo] resultan emblemáticos a la hora de hablar de esta creciente tendencia, no fue otro que Hernán Elvis Crespo el caso más paradigmático del doble tributo, conjugando en partes iguales sus dos grandes pasiones: el rock and roll más radical de Elvis Presley y el fútbol.
Su destreza a la hora del baile, el canto y el dominio del balón fue un cóctel explosivo para las masas, quienes vieron en el joven
Hernán una promesa con futuro de primera. Y tanto fue así que su primer trabajo
discográfico,
El rock del área chica, cosecha dos nominaciones a los premios anuales de
Capif, dos balones de plata y una citación para
integrar el seleccionado de jóvenes talentos argentinos que diera la vuelta al globo a principios de la década del 90. Pero este pichón de
crack, no conforme con esto, buscaría ir un poco más allá.
Tratando de darle forma a una puesta que respetara los preceptos de su esencia temática, comienza a girar por estadios de fútbol, armando un verdadero espectáculo músico-deportivo en el que, además de cantar, juega partidos de 90 minutos con un combinado de artistas amigos, cambiando de esta manera el enfoque de un típico recital de rock. El público en las populares y plateas corea los éxitos de Crespo a la vez que se desgarra las cuerdas vocales exigiendo el cobro de un penal o un tiro de esquina. Sus shows se convierten en un suceso.
Tres años más tarde, con la salida al mercado de
Nuevemente, el cantante logra poner el mundo a sus pies. Reversiones de clásicos, entre otros, como "Balada para un loco
Palermo", "Todos atrás y yo de 9", "La marcha del
golazo solitario", "Llegando los monos" [con la
participación especial del Mono Navarro
Montoya, el Mono Burgos, el Mono
Irigoytia y
Carlitos Tevez] y los cuatro goles, uno de palomita, que marca en la presentación del álbum, lo posicionan como un intérprete consagrado, amado y respetado dentro de la escena del
rock nacional. Párrafo aparte merece la adaptación de "
One step beyond", de
Madness, en el que se explica, de forma detallada, a la parcialidad femenina cuándo debe sancionarse
offside y cuándo no. Los siguientes son años prósperos y
redituables, la fama se instala en su vida. El propio Crespo daría cuenta de ello al parafrasear a
John Lennon en una entrevista declarándose "más grande que
Batistuta".
Al tiempo es transferido a una discográfica multinacional europea. Se radica en Italia, donde se entrega a todos los excesos imaginables. Durante algunos años no se sabe mucho más sobre él.
Con evidente
sobrepeso y dos causas abiertas por
dóping positivo, vuelve al país y realiza por última vez -en 2002- un concierto en vivo. Más tarde, este trabajo sería editado bajo el título
Forever Gol, compilado compuesto por lo mejor de su trayectoria más un tema nuevo dedicado a Diego Armando
Maradona, tan pedorro como todos los registrados hasta el momento. El disco no haría más que confirmar lo que ya se constituía como un secreto a voces: Crespo está fuera de estado, sin
timming para el mano a mano y con una sequía de habilidad vocal pasmosa. Incluso, en una tramo del recital se lo nota borracho, sentado en el banco de los suplentes y haciendo cualquiera, como
animársele por momentos al
rock progresivo entonando una osada versión de 49 minutos del tema que fuese cortina del "
Agujerito sin fin" mechando, cada dos estrofas, la palabra "ojete" y sus derivados. El público queda estupefacto. Este bochornoso suceso, sumado a una vieja lesión que arrastra en los
adenoides, termina por sacarlo de las canchas. Crespo se sume en una terrible depresión, la cual lo lleva a engordar 60 kilos y a comenzar una oscura adicción a los
fruti-
fru de banana mezclados con caña
Legui. Su carrera ingresa, lastimosamente, en un
parate indefinido.
Hoy, alejado ya de los grandes escenarios y de los imponentes estadios [y en tanto se espera salga a remate uno de sus característicos trajes], Hernán Elvis Crespo busca ponerse nuevamente en forma, al tiempo que continúa entrenando su garganta, ejercitándola con trabajos musculares diferenciados sin pelota, a la espera una última convocatoria que lo devuelva al verde césped de la fama. Una última oportunidad para levantar esa copa que lo consagre como campeón del mundo, como rey del doble tributo.